Lección 2, Tema 5
En Progreso

Los daños causados por el tabaco

marzo 7, 2024
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DAÑOS CAUSADOS POR EL TABACO

PRIMEROS INDICIOS Y EVOLUCIÓN DE LA INVESTIGACIÓN

Durante estos siglos XVII y XVIII hubo médicos que se declararon contrarios al uso del tabaco como medicamento, por lo menos limitando mucho su uso. En 1628, Pedro Ponce de León notifico que en los cadáveres encontraba «el hígado hecho cenizas y las membranas del cerebro negras como el hollín de la chimenea, de tal modo que al lavarlas, salía el agua como tinta». Destaca Francisco de Leyva y Aguilar, que publicó en 1634 su obra Desengaño contra el mal uso del tabaco. En ella reconoce algunas virtudes del tabaco, pero critica su mal uso, viniendo a decir que las pretendidas bondades que se le atribuyen no son más que excusas para su uso como medio de placer.

Durante el siglo XVIII siguieron apareciendo cada vez más contradictores al abuso del tabaco, y los patólogos atribuyeron al mismo una acción perniciosa para la salud. Así, el Dr. J. Bresler, en su Tabakologia medicinalis, comenta la acción funesta del humo del tabaco sobre el cerebro, vista, oído, corazón, así como trastornos digestivos, motivando intoxicaciones y enfermedades crónicas.

Aunque las noticias sobre la sospecha de que el tabaco estaba íntimamente relacionado con algunos tipos de cáncer se remontan a los siglos XVIII (en 1761 Jonh Hill observó la relación entre aspirar tabaco y cáncer nasal) y XIX (a finales de este siglo se describió el cáncer de labio producido por el tabaco), no es hasta las primeras décadas del siglo XX cuando varios autores llaman de forma repetida la atención sobre la mayor incidencia del cáncer entre fumadores. Destaca un estudio científico publicado en la revista Science en 1928 por Richmond Peral en el que el autor llama la atención sobre la mayor morbimortalidad que presentan los fumadores frente a los no fumadores. Pero en el período entre las dos grandes guerras del siglo no se desarrollan programas de investigación dirigidos hacia estos temas, sino enfocados a proyectos más bélicos. De hecho, durante años la propia profesión médica no tomó en serio este estudio, probablemente porque dos tercios de los médicos fumaba.

Despues de la Segunda Guerra Mundial empiezan  a sonar las primeras voces de alarma: la población científica del mundo comienza a mostrar su preocupación al observarse una menor expectativa de vida entre las personas que fumaban, además de una mayor incidencia de cáncer entre los mismos, como ya hemos referido anteriormente. Un grupo de epidemiólogos ingleses detecta un incremento progresivo de la mortalidad por cáncer de pulmón. En los años cincuenta, Richard Doll y Austin B. Hill, de la universidad de Oxford, diseñan un estudio prospectivo para demostrar lo que consideraban es la principal causa del incremento de las neoplasias pulmonares: la contaminación y la polución atmosféricas. En este estudio, ya clásico, publicado en el British Medical Journal, en 1954, descubren con sorpresa que es el consumo de cigarrillos y no la contaminación ambiental la principal causa del incremento en la mortalidad por cáncer de pulmón en la población médica inglesa. También en los años cincuenta otros autores, como Ernest L. Wynder  o Evarts A. Graham, ponen de manifiesto que el consumo prolongado y en grandes cantidades de tabaco (sobre todo, cigarrillos) es un factor fundamental en la aparición del cáncer de pulmón. Pero no solo queda establecida la relación entre tabaco y cáncer, también se establece la asociación entre tabaco e infarto agudo de miocardio, como se refleja en un informe de la American Herat Association en 1960.

Frente a esto, la investigación científica continúa y fruto de ella es la publicación en 1964 del Informe del Cirujano General Norteamericano, conocido como Informe Terry, en el que se demuestra de forma inequívoca que el consumo de tabaco es la principal causa de muerte evitable en el mundo y que la nicotina, droga presente en el humo del tabaco, tiene una alta capacidad adictiva. Esto supone un fuerte impacto en la comunidad científica y en la población general, y es a partir de entonces que comienzan a aparecer las primeras legislaciones restrictivas referentes al consumo de tabaco.

Los numerosos estudios realizados entre los años ochenta y noventa refuerzan las evidencias científicas que señalan al tabaco como una droga que causa enfermedad y muerte: el monóxido de carbono lesiona la capa íntima de la pared vascular y aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares en fumadores, las sustancias oxidantes del humo del tabaco se relacionan con la aparición de la bronquitis crónica y el enfisema, etc. 

Datos como los publicados por Richard Doll y Richard Peto en 1989 hablan por sí solos: «no se conoce ninguna medida aislada que pueda tener tan gran impacto sobre el número de muertes atribuibles al cáncer como la reducción del consumo de tabaco, o un cambio a un uso menos peligroso. El principal impacto se registraría sobre la incidencia del cáncer de pulmón, que hacia los 40-50 años de edad es cien veces superior en fumadores habituales de cigarrillo que en los que nunca han fumado»,